El verdadero espíritu de mi Navidad
No es un secreto para nadie que no me gustan las épocas navideñas. Y odio más que hagan comentarios burlones para reclamar mi amargura. Yo no hago eso por su falta de entusiasmo en Día de Muertos. En fin.
Lo que no saben es que secretamente hay algo que me gusta mucho de estas fechas.
Regularmente en Navidad suelo reclamarle a mi madre que gaste tanto dinero en adornos, luces, esferas y cuanto "chunche" encuentre; sobre todo le reclamo que gaste en figuras para nacimiento. El pretexto es cuidar la economía, pero la realidad es otra.
Hace unos días, mientras estaba de vacaciones, mi madre se dio a la tarea de montar árbol, luces y nacimiento. Y justamente ese montaje pseudobucólico de la Natividad es lo que me gusta porque es un Belém creepy, gore, decadente, básicamente una escena de terror.
Los Reyes Magos no tienen rostro. Nada en ellos insinúa un rostro humano afable. Son espectros sin forma que ofrecen sospechosos regalos que nadie en su juicio aceptaría viniendo de esas amorfas representaciones. Son como esos personajes que al no tener rostro podrían tener cualquiera, lo que deja manifiesto su carácter maligno, diabólico.
Los pastores están ahí por alguna macabra providencia que linda en la tortura. A algunos les falta un brazo y aún así cargaron a sus ovejas; a otros les falta una pierna. Sus rostros casi han desaparecido, y lo que queda es el equivalente a un rictus de dolor, de agonía, de pena porque alguien los puso ahí a pesar de sus condiciones.
Cerca hay ovejas sin cara, secas, sin color que se desintegran poco a poco, como en las mejores torturas. Son manchas que impiden el paso, están estacionadas esperando nada. También hay vacas y bueyes famélicos, algunos de ellos sin patas, a pesar de lo cual hacen el esfuerzo por continuar de pie.
Lo mejor son los burros. Están echados, tranquilos, pero no contemplan nada de lo que ocurre porque no tienen cabeza. Por eso están algo alejados de los demás, porque su condición acéfala aterra. Tal vez fueron víctimas de algún judío mafioso que encontró en los pobres burros el reemplazo perfecto y barato de los caballos. Nunca fue más fácil amedrentar a los demás.
María y José tienen ojos, pero sus bocas apenas se ven. Da igual, no las necesitan. Ellos no eligen y tampoco pueden reclamar. Están para obedecer a las fuerzas superiores que rigen destinos. Juegan un papel, no hay más; son piezas en un juego perverso que terminará de la peor manera.
Lo mejor es que no hay un Niño Jesús sino un vacío brutal que magnifica todo lo anterior. El milagro no llega. Es el momento álgido de un loop eterno; ese instante que no se mueve pero al mismo tiempo se repite, y de tanto repetirse, se ha convertido en la escena perfecta de la miseria.
El nacimiento de mi casa es un momento espectral que representa el horror del vacío, el horror de esperar, la monstruosidad de los actos de aquellos que deciden e imponen su voluntad a las marionetas. Este nacimiento es la promesa de la eternidad como lo que la eternidad es: agonía, pudrirse de a poco en la nada, pero sin desaparecer jamás. Como un vampiro condenado a morir sin morir y a repetirse cada vez.
Estas figuras han atestiguado muchas tragedias en mi casa, se han deslavado con la miseria de los que aquí mal conviven. Se han heredado, se heredarán de nuevo, y así, hasta que un día se queden ahí. Continuando con la espera a sabiendas de que nada sucederá.
Sí, me encanta el espantoso y deforme nacimiento.
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